La agresividad en los grupos. Winnicott y la intersubjetividad. El
silencio, el silenciar y el callar
Introducción
Aunque el eje central de mi esquema de referencia es la Técnica de los
Grupos Operativos gestada por Pichon-Rivière, intentaré pensar acerca
de la agresividad en los grupos desde el pensamiento de Winnicott. Me
basaré fundamentalmente en mí experiencia como coordinador de grupos
de formación, aunque creo que estas reflexiones pueden servir para
pensar acerca del trabajo con grupos en general.
El trabajo con Grupos Operativos, al emplear la teoría psicoanalítica
como herramienta, puede estar contaminado por la técnica
psicoanalítica clásica y algunos de sus estereotipos, como pueden ser
el empleo sistemático de interpretaciones del silencio, la adopción de
una actitud de abstinencia y pretendidamente neutral, la
hipervaloración de lo verbal y la desvalorización de la acción, etc.
Una y otra vez he escuchado que en determinados contextos y
situaciones no conviene emplear la técnica operativa "clásica", de la
misma forma que en determinados contextos y con pacientes graves, no
conviene emplear el psicoanálisis clásico. Suena como si se tratara de
hacer un "grupo operativo light". Entonces la coordinación ya no
interpreta tanto y adopta una presencia más sensible, activa y
pedagógica; participa más a modo de "charla", tiene una actitud más
distendida y juguetona, ¡incluso contesta a algunas preguntas!, etc.
Según tales criterios, creo que lo que hago son "grupos operativos
lights". Sin embargo, Winnicott ha destacado cómo muchas veces las
interpretaciones (o determinadas formas de interpretar) pueden
resultar intrusivas y persecutorias; que es posible realizar una labor
profunda y efectiva sin necesidad de emplear la interpretación de
forma sistemática, y que el terapeuta que no sabe jugar no está
preparado para la tarea.
También destacó que mucho de aquello que se describía en términos de
"pecho bueno y malo" (relación objetal), en primera instancia habría
que pensarlo en términos de madre (in)suficientemente buena. Es decir,
también hay que tener en cuenta la actitud "real" de las figuras
materna y paterna, y no poner el acento casi exclusivamente en el
mundo objetal del bebé.
En la medida en que Winnicott trasladó estos planteamientos a la
clínica, podría decirse que ha sido uno de los precursores del
intersubjetivismo. En términos muy resumidos y sencillos, la idea
básica sería: las manifestaciones (sanas, patológicas, etc.) del bebé,
paciente o grupo, van a depender en gran medida de las interacciones
con los progenitores, terapeuta o coordinadores (coordinador y
observador). Toda manifestación psíquica y vincular depende del
contexto intersubjetivo en que tiene lugar. De ahí que me pareciese
interesante (re)pensar acerca de la cuestión grupal desde los
planteamientos de Winnicott y otros autores.
En lo que se refiere a la agresividad, Winnicott la considera un
elemento fundamental en los procesos de discriminación y
desidealización, ya sea en el desarrollo, en una situación
terapéutica, de proceso grupal o en relaciones cotidianas.
Por otra parte, cabe no perder de vista la idea de la agresividad como
algo que hace daño y produce dolor. Quizá las dos vías más potentes a
través de las cuales podemos dañar al otro o sentirnos dañados son:
1) Atacando su narcisismo (o sentirnos atacados)
2) Haciendo que se sienta culpable (o sentirnos culpables)
Podemos hundir a una madre diciéndole o haciéndole sentir que es mala
madre. Con un sólo golpe atacamos su narcisismo y hacemos que se
sienta culpable. La actividad profesional que realizamos
constantemente nos expone a ser y sentirnos atacados en este sentido;
y esta exposición puede hacer que realicemos intervenciones
agresivo-defensivas que bloquean o entorpecen el proceso grupal.
Las manifestaciones de agresividad pueden ser la resultante de
procesos defensivos resistenciales (del grupo y de los coordinadores),
o bien apuntar hacia procesos estructurantes. Con ello no pretendo
decir que determinada manifestación de agresividad sea una u otra
cosa, sino que es posible pensarla desde dos perspectivas distintas,
que por lo general se atraviesan mutuamente.
Todo acontecer grupal es un vaso mitad lleno mitad vacío; y el enfoque
que adoptemos marca en gran medida el rumbo y talante de nuestras
intervenciones. El que determinada manifestación resulte sana o
patológica depende también del signo que pongamos en nuestra mirada.
Quizá tendemos a percibir y señalar la mitad vacía, posiblemente
debido a la necesidad de posicionarnos como siendo la mitad llena.
La agresividad como elemento estructurante en el desarrollo emocional
Las construcciones teóricas de Winnicott acerca de la relación
bebé-madre pueden brindar algunas metáforas para pensar acerca de la
relación grupo-tarea-coordinación; lo cual no significa que los
procesos grupales reproducen el desarrollo emocional primitivo.
Partiendo de que toda psicología "individual" es psicología
interactiva e intersubjetiva, considero que algunos paralelismos
conceptuales pueden ser válidos, por lo menos como punto de referencia
y a modo de metáfora.
En las primeras etapas del desarrollo el bebé no discrimina entre yo y
no-yo, mundo interno y externo, procesos intrapsíquicos y
acontecimientos de la realidad externa. A raíz de múltiples
experiencias, la figura materna se va haciendo significativa en
calidad de objeto fusionado. Winnicott dirá que hay relación de
objeto, pero no el reconocimiento de relacionarse con un objeto
externo(1).
En este contexto el bebé tiene la ilusión de relacionarse con un
objeto fusionado que se encuentra bajo su control omnipotente. Por
ejemplo: cuando siente hambre, durante un tiempo puede eliminar el
displacer mediante la descarga motriz del berreo y el pataleo, y luego
a través de la alucinación. Si en este momento la madre le ofrece el
pecho y la leche reales, se establece una yuxtaposición entre aquello
que el bebé es capaz de alucinar y la realidad externa.
En el ámbito de esta yuxtaposición entre lo alucinado y lo real, se
establece el primer "vínculo" (a modo de fusión) con la realidad
externa. El acceso al principio de realidad se basa en que la madre no
plantea exigencias prematuras en este sentido. A su vez, esta actitud
no intrusiva sostiene el desarrollo del sí-mismo verdadero.
Tomemos la siguiente idea como metáfora del matrimonio entre el
extremo del individuo y extremo de su afuera:
"La madre posibilita al bebé tener la ilusión de que los objetos de la
realidad externa pueden ser reales para él, vale decir, pueden ser
alucinaciones, ya que sólo a las alucinaciones las siente reales. Para
que a un objeto exterior se lo sienta real, la relación con él debe
ser la relación con una alucinación." (Winnicott, 1989a, 73).
El paso siguiente consiste en "romper" la fusión, poner al objeto
fuera de la zona de control omnipotente y reconocer su externalidad.
Para ello, el bebé tendrá que destruir al objeto fusionado.
Esta destructividad no está motivada por el odio o la ira, sino por la
necesidad psíquica de discriminarse y existir como fenómeno autónomo y
separado.
Aunque se trata de una destrucción a nivel de relaciones objetales,
ello implica ataques reales hacia la figura materna; por ejemplo,
cuando el bebé muerde, patalea, araña, no la mira, la rechaza.
Aquí la principal tarea de la madre es sobrevivir al ataque, lo cual
significa no reaccionar con la venganza o el abandono (de hecho,
algunas madres no toleran esos movimientos de independización y
tienden a reaccionar según la ley del talión).
Winnicott destaca que el término "destrucción" no se refiere tanto al
impulso destructivo del bebé. Si la madre sobrevive al ataque, la
destrucción es una destrucción potencial en el ámbito de las
relaciones objetales; una destrucción que será restituida una y otra
vez por la supervivencia de la madre. Es como si el bebé dijera: "te
destruyo, no existes", y luego se encontrara con que la madre sigue
estando ahí.
Estas experiencias basadas en la destrucción-supervivencia, fundan la
discriminación entre fantasía y hecho, entre yo (mundo interno,
fantasía, "te destruyo") y no-yo (mundo externo, hecho, "sobrevives").
A partir de la discriminación el bebé empieza a esperar algo del
objeto no-yo. Si la madre es "suficientemente buena", la mente del
bebé se encarga de convertirla en una figura materna idealizada.
Fundamentalmente, espera que ella sea capaz de satisfacer sus
necesidades y protegerle de todos los peligros.
Esta sería una función positiva (no resistencial) de la idealización:
la "renuncia" a la ilusión de omnipotencia propia pasa por la creencia
en la existencia de otro omnipotente o ideal (cf. Kohut, 1971). Sin la
idealización el bebé se sentiría demasiado expuesto y desprotegido.
A su vez, para seguir hacia la autonomía el bebé también tendrá que
destruir esta concepción idealizada. Si siguiera creyendo en la
existencia de otro ideal, no pulsaría en él la necesidad de
desarrollar sus propios recursos.
Una y otra vez, inevitablemente la actitud de la madre no cumple con
las expectativas idealizadas, lo cual genera la frustración y los
correspondientes sentimientos de odio.
A diferencia de lo que pasaba en aquella destructividad más primitiva
(sin odio), la destrucción de la idealización deriva del odio
provocado por la frustración y la desilusión.
Winnicott dice que la madre empieza a "fallar", en el sentido de que
disminuye poco a poco, de forma no traumática, el grado de adaptación
a las necesidades de su hijo. Con ello, brinda al bebé motivos
"objetivos" para que la odie y destruya aquella concepción idealizada,
lo cual pasa por momentos de ataque, repulsa y denigración del objeto.
Winnicott incluso habla de rociar al objeto idealizado con
excrementos.
A su vez, a la madre le corresponde tolerar la herida narcisista de no
ser la encarnación real de una madre perfecta, lo cual le posibilita
tolerar estos momentos transitorios de ataque, repulsa y denigración;
por ejemplo, cuando el bebé no come de su comida pero come si la da un
extraño o la tía.
Si la madre sobrevive a estos ataques, el bebé puede integrar sus
sentimientos ambivalentes; empieza a darse cuenta de que esta madre
"que no da la talla" (denigrada) es la misma que una y otra vez actúa
de forma pertinente y es amada.
La agresividad como emergente grupal
La agresividad suele manifestarse de diversas formas en el proceso
grupal: culpabilizaciones implícitas o explícitas, ataques al
narcisismo y a los distintos elementos del encuadre, insultos,
discusiones y cuestionamientos (a veces constructivos y otras veces
dilemáticos, acalorados o aburridos), humor y sarcasmo,
somatizaciones, en aquellas situaciones en que brilla por su aparente
ausencia, etc.
Más allá de los procesos intragrupales relacionados con la tarea,
tales manifestaciones de agresividad pueden derivar de la actitud de
los coordinadores. En primera instancia, ello no es ni positivo ni
negativo, sino simplemente inevitable. Lo que sí se puede evitar, por
lo menos en cierta medida, es el clima de crispación derivado de
determinadas intervenciones intrusivas.
A continuación propondré algunas líneas de reflexión e intervención
relacionadas con la agresividad en los grupos.
La paradoja del comunicar silente
Una de las líneas más común en la conceptualización sobre grupos,
suele entender la agresividad como derivada de las frustraciones,
ansiedades y resistencias relacionadas con la tarea grupal y el
trabajo (recuérdese que estoy hablando desde mi experiencia como
formador). Tales manifestaciones se deben, entre otras cosas, a que el
grupo externo puede vivirse como amenaza al grupo interno y al
sí-mismo de cada miembro, es decir: a sus esquemas de referencia,
narcisismo, omnipotencia, etc.
La perspectiva inversa (menos mencionada) consiste en tener en cuenta
el efecto apaciguante producido por la externalidad del grupo. Quizá
una de las principales motivaciones para que las personas busquen
pertenecer a grupos, deriva de la necesidad básica de compartir
intersubjetivamente sus experiencias psíquicas y vinculares. Los
fallos significativos en este sentido pueden producir estados
confusionales, paranoides, de aislamiento y psicóticos.
Stern comenta que: "lo que se desarrolla es una necesidad dominante de
pertenencia-psíquica-a-un-grupo-humano, esto es, necesidad de
inclusión en un grupo humano como miembro con experiencias subjetivas
potencialmente compartibles, en contraste con el no-miembro, cuyas
experiencias subjetivas son totalmente únicas, idiosincrásicas y no
compartibles. La cuestión es básica. Los polos opuestos [aislamiento y
exposición] de esta dimensión única de la experiencia psíquica definen
diferentes estados psicóticos. En un extremo está el sentido de
aislamiento psíquico cósmico, la alienación, la soledad (la última
persona que queda en la tierra), y en el otro está el sentimiento de
total transparencia psíquica, en el cual no puede conservarse la
privacidad del menor recoveco de experiencia potencialmente
compartible. Es presumible que el infante descubre esta dimensión de
la experiencia psíquica en algún punto intermedio, entre los polos
extremos, que es donde la mayoría de nosotros seguimos encontrándola."
(Stern, 1985, 170s).
En la situación grupal, los miembros del grupo oscilan entre la
exposición y el aislamiento del sí-mismo.
Respecto al aislamiento, suelen producirse estos silencios tensos en
los que uno tiene la sensación de que cada miembro busca refugio en su
grupo interno. Podemos casi verles interactuando con sus
interlocutores imaginados: unos ponen cara seria, otros sonríen o
intentan no sonreír; a algunos se les ve contestando a las preguntas
que se plantean, mientras otros pelean contra la respuesta que han
recibido de sus interlocutores internos. También hay los que clavan su
mirada en el artículo; pero todo hace pensar que no registran palabra,
si es que leen alguna.
Este refugiarse cumple una función protectora o aislante ante la
exposición del sí-mismo en la situación grupal. Esta función
protectora no es algo necesaria ni exclusivamente resistencial, sino
más bien una función que contribuye a que los miembros empiecen el
proceso de estar en grupo. Una forma de empezar a estar en grupo puede
ser no estando y teniendo donde refugiarse.
En un artículo titulado "La capacidad para estar a solas", Winnicott
se refiere a la capacidad para estar a solas en presencia de alguien
(paradoja); de modo que es "importante que haya alguien disponible,
alguien que esté presente, si bien sin exigir nada" (Winnicott, 1965,
37).
En otro lugar reivindica explícitamente "el derecho a no comunicarse"
(ibidem, 217). Argumenta que el núcleo del sí-mismo verdadero, de esta
instancia que posibilita al individuo sentirse real en su relación
consigo mismo y con el mundo externo, se basa en aquellas relaciones
que pertenecen al orden de la yuxtaposición entre la alucinación y la
realidad externa.
Con el paso del tiempo, este espacio psíquico y vincular de la
yuxtaposición se convierte en el mundo interno y de fantasía creativa
del individuo; en el núcleo del sí-mismo verdadero. Winnicott sugiere
"que este núcleo nunca se comunica con el mundo de los objetos
percibidos, y que la persona, el individuo, sabe que no debe
establecerse comunicación con dicho núcleo ni dejar que la realidad
externa influya en él" (ibidem, 227). Se trata de en una especie de
territorio sagrado "merecedor de todo cuanto se haga para protegerlo"
(ibidem).
Parafraseando a mí amigo Iñaki Aierra, diría que todos tenemos nuestro
video secreto, y vete a saber qué pasaría si le damos al play. Si se
le da al play, o si hay la amenaza de que ello ocurra, una de las
alternativas consiste en organizar defensas a modo de un sí-mismo
falso que oculta y protege al verdadero. La otra alternativa es
defenderse atacando.
"No nos es difícil comprender por qué la gente odia tanto el
psicoanálisis; por haber profundizado en la personalidad humana y
representar una amenaza sobre la necesidad humana de permanecer
secretamente aislado. La pregunta es la siguiente: ¿cómo aislarse sin
que tengan que encerrarnos?" (ibidem, 227).
Siguiendo a Winnicott, creo que este núcleo del sí-mismo verdadero
puede volcarse en la realización de actividades culturales, en el
arte, la religión, el trabajo y el vivir creativos, etcétera; pero no
debe haber comunicación directa con este núcleo desde fuera hacia
dentro. Ello configura un dilema o paradoja entre "la necesidad
urgente de comunicarse y la necesidad, más urgente todavía, de no ser
hallado" (ibidem, 224). Cuando esta paradoja es atacada o se rompe, el
sujeto oscila vertiginosamente entre las vivencias de aislamiento y
exposición excesivos.
Los miembros de un grupo se encuentran ante dos alternativas que se
atraviesan constantemente. Por un lado, la situación grupal cumple una
función apaciguante; puede viabilizar la necesidad de comunicarse
(desde dentro hacia fuera) y compartir experiencias subjetivas. Por
otro lado, a la par se estructura una situación paranoide, el peligro
de ser hallado, de que haya una comunicación directa e intrusiva desde
fuera hacia dentro.
Aquí el supuesto saber de la coordinación puede representar una
amenaza, que a veces se hace efectiva bajo la forma de
interpretaciones profundas y penetrantes que, efectivamente, pueden
penetrar las defensas e invadir los refugios.
Creo que sobre todo al comienzo conviene no interpretar estas
cuestiones relacionadas con el refugio de cada miembro; porque una
explicitación de tales procesos posiblemente sería vivida como un
ataque.
Desde esta perspectiva, cuando la agresividad-crispación aparece como
emergente grupal, corresponde cuestionar en qué medida fue la
coordinación la que dio el primer golpe, profanó territorios sagrados
o atropelló los pasos que conducen poco a poco a la constitución
grupal. Este cuestionamiento va a la par con las hipótesis acerca de
las posibles dificultades del grupo con relación a la tarea.
Por otra parte, también es importante que la coordinación no se deje
llevar por la inercia potencialmente ansiógena de aquél silencio
aislante. En tales situaciones uno puede preguntar qué pasa, en qué
están pensando, qué les ha parecido el artículo, qué han hecho el fin
de semana; o bien emplear el humor para "romper el hielo", introducir
sus propias asociaciones (y luego dejar que el grupo siga con las
suyas), etc.
Pero no intervenimos tanto para que el grupo hable de los vínculos que
se están construyendo y de las defensas implicadas en dicha
construcción. Sobre todo al comienzo del proceso grupal, cualquier
decir en este sentido puede entorpecer la experiencia de crear
vínculo.
Además de lo planteado acerca de los refugios, hay determinados
aspectos de la experiencia grupal que se juegan más bien en los
niveles preverbales y paraverbales de comunicación (clima, tono de
voz, empatía, fluidez de la comunicación).
Desde la perspectiva de la psicoterapia, Fiorini dice que "a veces el
acto de decir ataca al orden preverbal, por la distancia que la
representación de palabra induce frente a las representaciones de
estados de cosas" (curs. LDM); "resulta delicado, en la tarea de crear
vínculo, que se hable de ese vínculo en el mismo momento de estar
construyéndolo. Las líneas tradicionales kleinianas que han planteado
una intervención sistemática sobre la transferencia, han sido a mi
juicio muy nocivas, a veces deletéreas para la posibilidad de
construir vínculo. Porque cuando lo hago no lo digo, dado que ese
decir es distanciante" (Fiorini, 1993, 125)(2)
Es como si uno pretendiera hablar de un cuadro que todavía no ha sido
pintado. Entonces hay la posibilidad de que el cuadro sea pintado en
función de lo que se ha hablado; es decir: la posibilidad de que el
proceso grupal se desarrolle sobre la base de un si-mismo falso que
intenta amoldarse a enunciados semánticos.
En resumen diría que, para no atacar el proceso grupal, hay momentos y
situaciones en los que conviene silenciar determinados aspectos y
niveles de la experiencia, lo cual no significa quedarse en silencio.
Creo que resulta fundamental tener en cuenta esta diferenciación entre
el silencio y el silenciar. Como coordinadores podemos hablar mucho
(incluso interpretar), silenciando a la vez determinados aspectos y
niveles de la experiencia que, de ser explicitados, pueden bloquear o
entorpecer el proceso grupal.
En lo que respecta a esta posibilidad de "interpretación verbal
silente", según algunas líneas psicoanalíticas contemporáneas "la
interpretación de la que hablamos no procura revelar el sentido oculto
en las palabras"; "la interpretación es para nosotros más un efecto
producido por la transferencia que un elemento que actúa sobre la
transferencia. La fórmula que proponemos sería: la interpretación es
la puesta en acto de la transferencia" (Nasio, referencias
desconocidas; cf. Moreno).
Ilustraría mí comprensión de este planteamiento diciendo que, si un
paciente o grupo me cuenta algo trágico sin manifestar ninguna emoción
correspondiente, puede que me salga decir "¡ostia!", o lo que sea,
puesto que lo importante es esto: ¡...!. Eso sería una interpretación;
en este caso, algo que tiende a integrar representaciones verbales y
afectos. Se trata de un "problema terapéutico que ha sido desde
siempre problema de poetas: encontrar palabras que logren ser acción
más que contemplación" (Fiorini, 2000, 16).
Desde esta perspectiva, el acento recae en las significaciones
intersubjetivas de tales palabras-acción. Aquello que solemos llamar
interpretación serían más bien intervenciones explicativas.
Menciono esta cuestión para ilustrar cómo es posible interpretar y a
la vez silenciar. Silenciar para que no se produzca aquella
comunicación intrusiva desde fuera hacia dentro, la amenaza de ser
hallado o la falsificación lingüística de los niveles no-verbales de
la experiencia (3).
Si no somos capaces de silenciar, mejor será que nos quedemos en
silencio. De lo contrario, "sabemos demasiado y somos peligrosos,
debido a que hemos establecido una comunicación demasiado directa con
el punto central, quieto y silencioso" (Winnicott, 1965, 229). Quizá
sea nuestro no saber silenciar el que en cierta medida produce
silencios resistenciales en el grupo, su formalización y
burocratización (falso sí-mismo) o bien manifestaciones de agresividad
hacia la coordinación y el encuadre. Luego, está el peligro de que lo
interpretemos como resistencia del grupo.
Agresividad y construcción semántica
Si en primera instancia he puesto el acento en la importancia de
silenciar determinados niveles y aspectos de la experiencia, cabe no
perder de vista que una de nuestras funciones es copensar con el
grupo. En este sentido, cabe tener en cuenta las construcciones
semánticas que empleamos.
En un artículo titulado "Las palabras para decirlo. Un enfoque
intersubjetivo de la comunicación en psicoterapia", Ortiz (2002) hace
un análisis interesante acerca de cómo diferentes construcciones
semánticas (empleadas en interpretaciones, preguntas, comentarios)
conllevan mensajes implícitos con una carga valorativa, de aprobación
o desaprobación (culpabilizadora), de (des)valorización narcisista,
etc.
Un aspecto importante de esta cuestión tiene que ver con el lugar en
que uno se coloca a la hora de enunciar sus palabras; es decir, si
habla desde un lugar ajeno al aquí y ahora, o si lo hace empáticamente.
El autor cita como ejemplo el caso de una paciente que se deprimió
tras visitar a una amiga que tiene todo lo que ella no tiene
(atractivo físico, novio, capacidad para comprometerse). A
continuación discrimina entre las posible intervenciones:
"Lejana y 'objetiva' (pretendidamente desde fuera de la matriz
relacional): 'Fuiste a ver a tu amiga, sentiste envidia y eso te
deprimió'.
Empática: 'Me doy cuenta de que inevitablemente te comparaste con tu
amiga y que experimentaste que ella tiene todo y que tu, en cambio, no
tienes nada. Que fue un contraste tan doloroso que empezaste a odiarte
y a odiar al mundo en general por ser tan injusto'.
En esta intervención, aunque el terapeuta trata de ver las cosas con
los ojos de la paciente (yo entiendo lo que es ser tu), todavía hay
una cierta separación entre uno y otro. En una tercera intervención,
también empática, esa separación casi ha desaparecido.
'Sí, duele cuando uno se siente tan diferente y peor que los demás'.
Con esta frase el terapeuta dice: tu, yo y cualquiera experimenta
dolor en una situación así. El terapeuta muestra que la entiende y,
además, le legítima su dolor." (Ortiz, 2002)
Habría mucho qué decir y matizar acerca de esta cuestión; pero sólo
destacaré la importancia de que el observador tome nota de las
construcciones semánticas empleadas por el coordinador, debido a que
este material puede ser muy valioso a la hora de reflexionar acerca de
cómo el grupo las experimenta y reacciona.
En términos generales, las construcciones empáticas suelen resultar
menos persecutorias. Ello se debe, en parte, a que cuando el
coordinador interviene desde la empatía, tiende a formular sus
impresiones desde su propia subjetividad; es decir, no hay un
movimiento de revelar lo que está pasando en el grupo (comunicación
desde fuera hacia dentro), sino más bien la puesta en escena de la
subjetividad propia que, en el mejor de los casos, hace eco en el
grupo.
Por ejemplo: "mientras os escuchaba, tenía la sensación de que..."; es
decir, en vez de atribuir, desde "fuera", una significación a lo que
está ocurriendo, les estoy diciendo que yo tengo la sensación de
que... (cf. Safran, 2002).
Dicho en términos "winnicottianos" y metafóricos: la madre no mete el
pecho en la boca del bebé. Lo que hace es poner el pecho a una
"distancia óptima", de modo que el gesto de apropiarse del pecho parte
del bebé.
Si uno tiende a meter el "pecho" (interpretación, etc.) en la boca del
grupo, hay una mayor tendencia a que se generen tres tipos de
reacción: rechazo, acatamiento y ataque.
Agresividad anárquica
Otra cuestión que se me ocurre, tiene que ver con cómo los miembros
del grupo tienden a reproducir, en la situación grupal, una serie de
violencias instituidas en sus lugares de trabajo. Según mi
experiencia, los brotes de agresividad más crudos suelen producirse
cuando los miembros del grupo pertenecen a una misma institución, y
sobre todo cuando el grupo se reúne en el espacio físico de la
institución. Esto último parece intensificar las ansiedades paranoides.
En tales grupos no es poco frecuente observar manifestaciones de
agresividad cruda: se insultan directamente, atacan el narcisismo de
los compañeros y reparten culpabilidades a modo de ladrillos. Incluso
suelen estar orgullosos de que "aquí somos sinceros y decimos las
cosas". Se producen discusiones acaloradas y dilemáticas que no tienen
fin, o cuyo fin se acerca más bien a la descarga motriz del bebé que
berrea y patalea.
Es curioso observar que tras estos brotes de agresividad, los miembros
implicados se hablan afectuosamente como si nada hubiese pasado (algo
muy común en familias de pacientes con patologías graves). Uno tiene
la sensación de que se trataba tan sólo de una representación teatral
en la que, una vez terminada, los actores se deshacen de sus
personajes.
Sin embargo, parece tratarse más bien de situaciones que ilustran la
disociación de las experiencias de destrucción y supervivencia; de
modo que no hay ni destrucción ni supervivencia, sino tan sólo
destrucción y reparación mágicas.
Esta dinámica se acerca a lo que pasa en los dibujos animados: el
ratón hacer estallar una bomba dentro de la boca del gato, y en la
toma siguiente el gato ya está rehecho para empezar una nueva
secuencia en la que terminará destrozado. Entre una toma y otra no
queda registro de las consecuencias de la agresión ni del proceso de
reparación.
Según mi experiencia, en el proceso grupal no hay interpretación o
señalamiento que de cuenta de estos brotes de agresividad; de modo que
a la coordinación le corresponde ejercer una función de interdicción
activa.
Si no hay una interdicción activa, es probable que se produzca la
desintegración del grupo o la deserción de algunos de sus miembros, o
que esta dinámica se perpetúe al igual que en los dibujos animados
("siempre pasa lo mismo").
Este tipo de situación me hace recordar a un niño que atendí en la
consulta. Su único "juego" consistía en hacer que los juguetes
chocasen violentamente unos contra otros. Si yo le preguntaba, por
ejemplo, por qué los muñecos estaban peleándose, él no sabía qué
decir. No había un guión o argumento, sino tan sólo descarga motriz
sin posibilidad de historicización.
Sólo cuando ejercí una función de interdicción activa este niño fue
capaz de jugar (sin comillas); incluso de jugar a que los muñecos
peleasen y discutiesen debido a sus desacuerdos. A raíz de ello empezó
a poder pensar acerca de por qué solía pegar e incluso estrangular a
sus compañeros sin mediar palabra.
Doy este ejemplo para ilustrar cómo, sobre todo en situaciones
extremas, la interdicción activa puede contribuir a que la agresividad
se convierta en una experiencia acerca de la cual, o desde la cual, se
puede pensar. No se trata de no permitir que los miembros del grupo
discutan e incluso peleen (verbalmente), sino de brindar las
condiciones para que puedan discutir y pelear; pero no como en los
dibujos animados.
En términos generales, aunque no absolutos, creo que este orden de
cosas no están para ser interpretados en términos explicativos, sino
más bien para ser interpretados en acto (función de interdicción).
Ejercemos la función o no. Podemos ejercer la función hablando, pero
lo que ejerce la función no es el contenido semántico y explicativo,
sino más bien la escenificación, la puesta en acto, la actitud y las
significaciones intersubjetivas que todo ello adquiere en este
contexto. Si le decimos al grupo que por eso y aquello otro necesitan
una figura legisladora, y demandan que nosotros asumamos este rol,
entonces ya no hemos ejercido la función; o la hemos ejercido de una
forma mediatizada y distante, demasiado abstracta para un grupo en que
las palabras son bombas y la escucha es un bunker.
Agresividad callada
En el otro extremo tenemos aquellos grupos que se caracterizan más
bien por el bloqueo de la agresividad. Si en los grupos anteriormente
citados constantemente resbalamos en la desesperación exasperada, en
los grupos en que opera este bloqueo de la agresividad la tendencia es
hundirnos en la desesperación aburrida.
En el grupo, junto con la aparente calma y formalidad vemos cómo la
agresividad pulsa y emerge bajo la forma de retrasos, olvidos, lapsus,
fusilamientos implícitos, caricias sarcásticas, ausencias por
enfermedades o molestias físicas adquiridas justo este día, etc.
También puede ocurrir que el encargado de sacar las fotocopias pierda
el libro del coordinador.
A veces se organiza una dinámica interactiva a la que podríamos
denominar "grupo armónico con miembro callado" (puede que haya más de
un miembro callado o que lo callado no esté personificado en ningún
miembro).
Cuando un miembro permanece callado durante un tiempo significativo,
ello puede deberse a que está callando algo que se contrapone y
representa una afrenta a la supuesta armonía grupal, a la ilusión
narcisista (en parte necesaria y en parte resistencial) de que "somos
iguales". En este contexto interactivo e intersubjetivo, la
explicitación de lo callado representa un gesto agresivo, un ataque al
"narcisismo grupal" (independientemente del nivel de susceptibilidad
de cada miembro a sentirse atacado en este sentido)(4).
Digo "agresivo" también en el sentido de que la explicitación de lo
callado es un gesto discriminatorio, y todo proceso de discriminación
e individuación está impulsado por la agresividad. Aquí se trata de
algo evidentemente estructurante y "positivo", pero el grupo (así como
los coordinadores) no lo vive necesariamente así.
Empleando la metáfora de Winnicott, diría que este gesto
discriminatorio pasa por rociar la idealización (armonía grupal) con
excrementos, lo cual aparece reflejado, en el lenguaje popular, en
expresiones tipo "me cago en dios, en la virgen, en la ostia" etc. El
"grupo armónico con miembro callado" se esfuerza por no cometer tales
atrocidades.
No se si resulta adecuado hablar de "inconsciente grupal".En el tipo
de situación que describo, el supuesto "inconsciente grupal" se está
manifestando en el contexto interactivo, en el cual uno de los
miembros porta lo que está "reprimido" (callado, latente) en función
de la interacción grupal; aquellas representaciones a las que
adjetivamos como "inconscientes".(5)
Ante el miembro callado los demás tienden a no preguntarle qué piensa
o si le pasa algo. A veces siquiera le miran. Suelen argumentar que si
uno no quiere hablar, hay que respetarlo. En definitiva, sienten que
evocar la palabra del callado sería algo agresivo, desrespetuoso e
invasivo. Temen hacerle daño, violar su si-mismo. Sin embargo, en
algún nivel el grupo armónico sabe que es la explicitación de lo
callado lo que puede representar una agresión.
Si antes hablaba de la importancia de silenciar para no representar
una amenaza, ahora corresponde tener en cuenta aquellas situaciones en
que lo amenazante proviene de lo que está callado. A diferencia de
aquello que debe ser silenciado, lo callado es algo que pulsa y está
al acecho: tarde o temprano habrá que purgarlo.
En lo que respecta a la intervención, creo que debemos intervenir en
el sentido de contribuir a que este "emergente sumergido" pueda
aparecer. En este momento interactivo es el miembro callado el que
puede formular o escenificar la "interpretación" más precisa.
Es decir, que nos corresponde intervenir (si hace falta) en el ámbito
de la interacción grupal para que desde este ámbito lo "inconsciente"
(callado) se haga "consciente" (manifiesto), y no intervenir
directamente en el sentido de hacer "consciente" lo "inconsciente"
(que es lo que caracteriza a la definición más tradicional de la
interpretación).
Una vez que se haya producido este movimiento desde la interacción
grupal, puede tener cabida (o no), según el caso, algún tipo de
señalamiento o interpretación explicativa por parte de la
coordinación.
Destructividad constructiva
Partiendo de las ideas de Winnicott acerca del papel de la agresividad
en el proceso de discriminación y desidealización, sugiero que todo
proceso de crecimiento y aprendizaje pasa por la destrucción potencial
de la matriz que generó y que sostiene dicho proceso. En el desarrollo
emocional dicha matriz es la figura materna (en cuanto representación
psíquica). En el proceso grupal, la matriz que debe ser destruida es
la coordinación, lo que ella representa.
Esta destrucción no está motivada exclusivamente por la ira
(envidiosa, resistencial, derivada de la frustración), sino también
por el hecho de que el curso de los procesos empuja en este sentido. A
partir de determinado momento, el cascarón que posibilitó el
desarrollo debe ser destruido para que el desarrollo prosiga.
Si bien es cierto que se trata de una destrucción simbólica, estos
procesos serán escenificados bajo la forma de ataques a la
coordinación y al encuadre. Recordemos que, en el desarrollo, la
destrucción potencial se procesa a través de ataques reales hacia la
madre.
Nos encontramos ante una situación que puede pensarse a doble vía. Por
un lado, la función de la coordinación es contribuir a que el grupo
pueda cuestionar y transgredir (o no) lo instituido; y cuestionar y
transgredir implica destructividad. Por otro lado, y por más que
ejerzamos bien esta función, invariablemente la coordinación y el
encuadre representan lo instituido, aquella matriz fundante que el
grupo tiene que destruir para discriminarse.
Siempre seremos representantes de la matriz y de lo instituido, debido
a que posibilitamos que el grupo se reúna y somos los que establecemos
y administramos el encuadre.
Además, lo instituido se manifiesta en gran medida en las
estereotipias del grupo, pero también en las estereotipias de los
coordinadores (modos de intervenir y manejar el encuadre). Me refiero
aquí a un monto de estereotipia "universal" o inevitable, y no
necesariamente a los posibles excesos de este y aquél coordinador.
Desde esta perspectiva, los ataques al encuadre y a la coordinación
pueden derivar del esfuerzo positivo de destruir (potencialmente) la
matriz que generó y sostiene el proceso grupal; y a la vez, de romper
con lo instituido y estereotipado. Tales ataques, muchas veces
interpretados como "síntoma", pueden ser más bien la "intervención"
que el grupo hace para señalar nuestras estereotipias.
Por lo tanto, esta agresividad potencialmente destructiva cumple una
doble función positiva, cuales sean: 1) posibilitar la discriminación
y un mayor nivel de autonomía, así como 2) diferentes grados de
ruptura con lo instituido y estereotipado.
En el ámbito de estos procesos también cabe tener en cuenta la
necesidad de desidealizar. En primera instancia determinados niveles
de idealización de la coordinación por el grupo es algo espontáneo y
necesario. Como he indicado, sobre todo al comienzo la situación
grupal organiza o refuerza una situación paranoide, de intensa
exposición del sí-mismo. Ello resulta soportable en la medida en que
el grupo confía en la idealidad de una coordinación que les protegerá
y alimentará con su (supuesto) saber y benevolencia. También hemos
visto que cierto grado de "renuncia" de la omnipotencia propia pasa en
primera instancia por la posibilidad de idealizar a otro.(6)
En definitiva, basta con que seamos suficientemente buenos para que el
grupo nos idealice. Nadie dudará que resulta placentero sentirse
idealizado por otro. Además, creo que sobre todo durante estas etapas
los coordinadores de hecho "trabajan mejor"; y ello debido al
investimiento narcisizante que reciben del grupo. También es cierto
que este "trabajar mejor" está sostenido en gran medida por el hecho
de que el grupo tiende recibir casi todo lo que digamos con cierta
"alegría"; "perdonan" nuestros errores y callan los elementos de
discordia.
Sin embargo, y sobre todo si se trata de un grupo de duración media o
larga (de uno, dos o tres años), en algún momento empezará a
producirse la expulsión del paraíso, la destrucción de la matriz, la
denigración de lo idealizado, el encuentro de la discordia y la
armonía, el asesinato simbólico de la madre y del padre.
Aquí, quizá más que en ningún otro momento, en el grupo como en los
coordinadores hay una maraña de fuerzas enfrentadas; entre fuerzas que
tienden a perpetuar la idealización y fuerzas que empujan hacia su
destrucción.
Si bien es cierto que la idealización resulta placentera y hay fuerzas
primarias que tienden a perpetuarla, también lo es que poco a poco al
grupo ya no le sirve que seamos sólo suficientemente buenos. En
algunos casos, en mayor o menor medida, puede que empiecen a ganar
protagonismo las demandas y exigencias (a veces pasivas) de que seamos
la encarnación real de la idealización. Eso ya no nos resultará tan
placentero y quizá empezaremos a sentirnos algo molestos... y a la vez
frustrados. Molestos también ante las protestas (no necesariamente
explícitas o reivindicativas) debido a que nuestra actitud no cumple
con aquella concepción idealizada.
El paraíso empieza a convertirse en un lugar aburrido e incómodo, a la
vez que la tormenta se organiza alrededor del pecado original.
Entonces el grupo ya no recibe nuestras intervenciones con la
"alegría" de antaño; ya no las recoge con aquella cierta
incondicionalidad. A veces, y más bien a modo de ejercicio de la buena
educación, nos dejan hablar pero "pasan olímpicamente". Puede que este
"pasar olímpicamente" no sea algo resistencial, sino más bien un
momento del proceso grupal: el momento de la repulsa hacia el objeto.
Al "igual" que suele ocurrir con el bebé que no acepta la comida, no
se trata necesariamente de que no tenga hambre o que la comida esté
mala: es que se la da la madre-coordinación.
Quizá un observador externo diría que los coordinadores se vuelven más
torpes, y puede que nos sintamos más torpes. Además, en el grupo se
desarrolla una percepción más realista de nuestros defectos,
estereotipias y errores técnicos (ya no nos perdonan como antes);
errores en parte provocados por la misma situación intersubjetiva
generada en este momento grupal.
En el ámbito de la psicoterapia, Winnicott dice que "a la larga, el
paciente aprovecha los fallos del analista, a menudo insignificantes y
tal vez inducidos por el paciente, o bien el paciente produce
elementos ilusorios de transferencia (Litle, 1958), viéndonos nosotros
obligados a soportar que se nos entienda mal en un contexto limitado"
(Winnicott, 1965, 319).
En definitiva, independientemente de que se trate de errores reales
("técnicos"), imaginarios, buscados o provocados, importa destacar que
tales errores brindan al grupo motivos "objetivos" para que odie a la
coordinación y destruya aquella concepción idealizada (cf. Kohut,
1971, 97ss).
Aquí la resistencia de los coordinadores puede deberse a que la
desidealización pasa por una etapa de denigración y repulsa hacia el
objeto.
En tales situaciones es legítimo e inevitable que uno sienta tales
procesos como un ataque o afrenta a su narcisismo. Lo que puede
resultar desfavorable es que no sobreviva al ataque; por ejemplo, que
interprete el ataque como resultado de procesos resistenciales en el
grupo, cuando se trata más bien de procesos estructurantes que empujan
hacia adelante.
Con ello, en vez de brindar motivos para que el grupo se enfade y
destruya constructivamente (desidealización), la coordinación brinda
motivos para que se sienta culpable. Ante el (supuesto) ataque a su
narcisismo, puede ocurrir que ataque el narcisismo del grupo (lo cual
puede manifestarse en la tendencia a señalar fundamentalmente la mitad
vacía del vaso). Como he indicado, la culpabilización y ataques al
narcisismo son dos formas muy potentes de hacer daño, y también de
controlar al otro para que no nos haga daño.
En esta "etapa" el proceso grupal se encuentra ante una bifurcación.
Por un lado el grupo necesita del investimiento narcisizante que le
brinda la coordinación. Por otro lado, si sigue adelante en el proceso
de destruir y desidealizar esta matriz, teme perder dicho
investimiento. Necesita actualizar los procesos en que está implicada
la agresividad, pero teme la culpabilidad que ello puede generar.
En tales situaciones el proceso grupal suele estar atravesado por el
fantasma de un progenitor que no sobrevive al no poder tolerar los
procesos de discriminación y desidealización; que reacciona ante tales
procesos con la desestructuración o la venganza.
Si en el desarrollo normal hay adaptación a las necesidades del bebé,
puede ocurrir que la precaria integración y narcisización de la figura
materna impongan al bebé el desarrollarse amoldándose a las
necesidades de ella. Aquello que vendría a constituir el núcleo del
sí-mismo verdadero se desarrolla en función de la organización
defensiva de otro, bajo la forma de un sí-mismo falso atrapado a
demandas y necesidades ajenas. Puede que el bebé o niño se convierta
en un problema (tonto, torpe, incapacitado) para que el otro sea o se
sienta la solución; o para evitar la depresión o desestructuración del
otro.
Ante aquella bifurcación, puede ocurrir que el grupo "opte" por
desarrollarse bajo la forma de un sí-mismo falso que cumple la función
de proteger la coordinación. Todo ello pertenece a lo imaginario del
grupo; pero este imaginario se organiza también en función del
contexto interactivo e intersubjetivo con la coordinación.
En lo que respecta a la intervención, resulta fundamental permitir la
completación de la experiencia de destrucción y desidealización. La
interpretación (sobre todo la transferencial) suele estropear la
continuidad de la experiencia; entre otras cosas debido a que aquí
posiblemente se produciría una interpretación defensiva: interpretar
para interrumpir la experiencia interactiva en que el otro me está
desidealizando.
Por ejemplo: el grupo puede estar desidealizando el saber que atribuye
a la coordinación (ironizan con el artículo, cuestionan o rechazan las
interpretaciones, señalamientos y sugerencias, pasan olímpicamente,
etc.). De una forma u otra a la coordinación se la pone en el lugar
del no-saber; y el no-saber es una afrenta al narcisismo (ver Ogden,
1989, 163ss).
Aquí la interpretación puede interrumpir la experiencia de destrucción
potencial, sobre todo si se hace una "buena" interpretación reflejando
la necesidad del grupo de discriminarse, desidealizar y transgredir lo
instituido. En este caso se produce una paradoja: cuanto mejor sea la
interpretación, peor puede ser el efecto.
Si partimos del supuesto de que la tarea del grupo se centra en
cuestionar su (no)saber, resulta evidente que aquí se ha generado una
situación especular, en el sentido de que ponen a la coordinación en
el lugar del no-saber para así asumir el lugar del saber.
Por otra parte, creo que si la coordinación interpreta este tipo de
situación (no sobrevive al ataque), se coloca en el lugar del saber,
es decir: emplea un mecanismo defensivo-especular análogo al empleado
por el grupo.
Asimismo, creo que cierta dosis de estos errores técnicos, derivados
de las resistencias y (contra)transferencias de los coordinadores,
puede contribuir al proceso grupal. Cierta dosis de discriminarse,
desidealizar y hacerse autónomo a pesar del otro, hace que los
procesos sean vividos como el resultado de los impulsos y pulsos del
grupo, y no como una dádiva ofrecida por el otro.
En el ámbito de los procesos que he intentado describir, estos
planteamientos teóricos pueden contribuir a que la coordinación tome
una distancia operativa ante estos procesos que implican heridas
narcisistas y un sin fin de reacciones (contra)transferenciales. Pero
no una distancia que pretende no sentirse afectada, sino una distancia
que posibilite reconocer la afectación y tomarla como guía,
conjuntamente con la teoría.
También creo que estos planteamientos teóricos pueden servir para
discriminar entre aquello que interpretamos silentemente en nuestro
espacio mental (distinto de callar una interpretación) y alguna
posible intervención explicitada al grupo. La fórmula aproximada y
relativa sería: no intervenimos explicitando al grupo aquello que
pensamos y sentimos. Lo que hacemos es intervenir en función de lo que
sentimos y pensamos.
En lo que respecta a esta forma de procesar la intervención,
destacaría el potente efecto del humor. Si un miembro del grupo
(dentro de unos criterios de respeto) le dice al coordinador que su
intervención es la típica manifestación de un estereotipo
psicoanalítico, el coordinador puede responder con una broma o con la
risa, sobre todo si está de acuerdo con el comentario del dicho
miembro.
En su trabajo sobre "El chiste y su relación con lo inconsciente",
Freud (1905) dice que la risa deriva de un ahorro de gasto de energía
psíquica. Si vemos a alguien que se saca la lengua mientras escribe,
ello puede resultar gracioso en la medida en que nos percatamos del
excesivo gasto de energía que emplea; con lo cual, reímos lo que nos
ahorramos. También podemos reírnos de nosotros mismos si en
determinado momento nos sorprendemos realizando este tipo de
estereotipia; de modo que al dejar de realizarla, reímos lo ahorrado.
Si un miembro dice que mí intervención es la típica manifestación de
un estereotipo psicoanalítico, y yo me percato de que puede que tenga
razón, la energía sobrante queda disponible y se descarga mediante la
risa. En el contexto grupal intersubjetivo, lo que queda significado
es la supervivencia de la coordinación; el hecho de que la destrucción
objetal no implica necesariamente una destrucción real (la no
supervivencia de la coordinación).
Por otra parte, y teniendo en cuenta que toda percepción tiene algo de
proyección, una broma ingeniosa puede ser un buen recurso para
devolverle el golpe al grupo; que también ellos tendrán sus
estereotipias. Esto sería una "broma interpretativa". Aunque suene
gracioso, lo digo en serio.
Con ello no estoy proponiendo que ensayemos sonrisas, ni mucho menos
cualquier actitud que se acerque a las patéticas "terapias de la
risa". Tales risas, así como la risa nerviosa y sarcástica, implican
un alto gasto de energía psíquica; son intentos fallidos de descarga
motriz.
"Reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de
estúpidos" (Erasmo de Rotterdam).
En la actualidad estoy investigando acerca del empleo del juego y el
humor en el trabajo con pacientes con patologías graves. Hay mucho que
decir acerca de esta cuestión, pero me limitaré a señalar que, si en
un grupo (los coordinadores incluidos) no hay juego, humor y risas,
podemos diagnosticar con cierto grado de seguridad que algo anda mal.
Agradecimientos Comentados
Para empezar a terminar, decir que este artículo ha sido gestado bajo
la forma de texto-guión para una charla que tuvimos en nuestra
Asociación para el Estudio de Temas Grupales, Psicosociales e
Institucionales. En aquél contexto, la intención era plantear algunas
ideas problematizadoras para impulsar el debate. A su vez, a la hora
de reformular el texto para su publicación sentí cierta insatisfacción
y temor acerca de los posibles malentendidos que pudieran generarse.
De ahí que quisiera dar las gracias a Masza Maszlanka, Antonio Tarí y
Emilio Irazábal por los comentarios al borrador de este artículo. No
puedo dar cuenta de todas las observaciones, sugerencias y
correcciones planteadas, de modo que tan sólo haré algunas
matizaciones aclaratorias.
La redacción del texto a veces trasmite, o puede trasmitir, una
trasposición simplista de la situación terapéutica dual a la grupal.
En determinados pasajes parece haber cierto "olvido" acerca de lo que
pasa entre los miembros del grupo, en función de la tarea y de los
procesos grupales. Es decir; que quizá he cargado demasiado en el
platillo de la relación coordinación-grupo; lo cual, si se traslada a
la práctica, puede considerarse un error técnico: por ejemplo, que la
comunicación sea radial y no circular, que la coordinación asuma el
liderazgo de los procesos, que siempre se presente como la que nutre
(interpreta o no, hace comentarios, valida, bromea, etc.). Todo ello
puede conducir a un grupo centrado en la coordinación, cuando se trata
de que se centre en la tarea.
De hecho, es importante no perder de vista este enfoque más
"tradicional" (es decir, más desarrollado por los autores
grupalistas), pero he pretendido centrar mí aportación en el enfoque
"crítico-intersubjetivo" de la relación grupo-coordinación que, creo,
ha sido menos desarrollado.
El enfoque intersubjetivo se insiere en la posmodernidad, en un
movimiento de cuestionamiento de la modernidad y de sus nociones de
objetividad y neutralidad, que siguen influyendo en gran medida en el
pensamiento psicoanalítico y sus derivaciones (ver Eizirik, 2002).
Este "nuevo" enfoque propone modelos conceptuales y reflexivos que
implican un mayor reconocimiento de cómo la (inter)subjetividad de los
coordinadores (terapeuta, etc.) participa en la estructuración y
dinámica de los procesos grupales. Se trata de un análisis que va más
allá de reconocer que los procesos intragrupales generan en los
coordinadores sentimientos y reacciones "contratransferenciales".
No basta con hablar de resistencia al cambio en términos
exclusivamente intragrupales; ni tampoco con decir que el grupo o
paciente se resiste a aceptar las interpretaciones, o que las
deserciones sólo son cosa del otro. Conviene preguntar(se): "¿cuántas
de las resistencias del paciente [o grupo] tienen que ver con procesos
puramente intrapsíquicos [o intragrupales] y cuántas son reacciones
defensivas frente a un analista [o coordinador] que, de un modo sutil
o burdo, humilla, desafía o maltrata a un paciente?" (Ortiz, 2002;
corchetes LDM).
No se trata de optar por una u otra alternativa, sino de tener en
cuenta el atravesamiento entre ambas.
En determinadas situaciones, puede resultar crucial que los
coordinadores reconozcan, ante el grupo, la participación de su
subjetividad; o que validen las percepciones "realistas" (válidas) que
el grupo tiene de nuestras estereotipias, manías, actitudes defensivas
puntuales, etc.
En este punto podría objetarse que, si estas cosas ocurren, a los
coordinadores les corresponde supervisar y psicoanalizarse. Desde
luego, ello es fundamental; pero entiendo que una (suficientemente)
buena supervisión, así como el análisis, sirven justamente para ayudar
a reconocer que estas cosas ocurren. La pretensión de eliminarlas "de
raíz" constituye uno de los mitos de la modernidad: el del superhombre
psicoanalizado.
Por otra parte están los peligros inherentes a una aplicación
simplista, demagógica o ingenua de estos planteamientos. En
determinadas situaciones los reconocimientos pueden reforzar la
tendencia del grupo a depositar sus resistencias y dificultades en la
coordinación. Puede ocurrir que las percepciones realistas del grupo
estén al servicio de la resistencia.
Al plantear esta cuestión en el ámbito de la psicoterapia, Kohut
(1971, 302s) propone una doble intervención: 1) aceptar y reconocer
los aspectos realistas de la percepción del otro, y 2) señalar la
posible función resistencial de dichas percepciones. En definitiva, se
trata de una aplicación clínica de algo muy conocido, y que tiene que
ver con las implicaciones mutuas entre percepción y proyección.
Esta actitud suele contribuir a la disminución de las resistencias del
grupo a la hora de cuestionarse (cf. Safran, 2002). Si uno sólo señala
el aspecto defensivo-proyectivo (la mitad vacía del vaso), el mensaje
implícito puede estar desvalorizando e incluso patologizando los
aspectos sanos o estructurantes del acontecimiento grupal. Luego, está
la tendencia a que los miembros trasladen este modelo interactivo a
sus lugares de trabajo y a las relaciones con sus pacientes, usuarios,
etc.
Por otra parte, conviene tener en cuenta que toda ruptura con
determinado discurso suele conducir, sobre todo en primera instancia,
al extremo opuesto de este discurso (y sus correspondientes
prácticas). Si el enfoque intersubjetivo implica una mayor
responsabilidad de los coordinadores en los procesos grupales, también
hay el peligro de que dicho enfoque se convierta en un arma para
culpabilizar y atacar el narcisismo de otros profesionales, o bien en
el látigo que ajusta las cuentas del autocastigo.
Estas oscilaciones discursivas vertiginosas y pasionales, en cierta
medida inevitables en todo movimiento de ruptura con lo instituido,
también pueden fomentar ciertos modismos y falsas modestias. Entonces
uno está todo el tiempo "reconociendo" su implicación y "se olvida" de
que el grupo está ahí, con sus particulares y a veces muy peculiares
modos de resistirse, atacar, defenderse, mostrarse creativo,
cuestionar; y que también los miembros del grupo están ahí con sus
historias personales desplegándose en el grupo, entre ellos y con la
coordinación.
En definitiva, el enfoque intersubjetivo no anula el modelo
"tradicional" de análisis de la horizontalidad y verticalidad (o de la
transversalidad) de los procesos intragrupales; lo que hace es incluir
la verticalidad de los coordinadores, así como su inclusión en la
horizontalidad.
¿Ello significa que hay simetría entre grupo y coordinación?
No; pero en parte sí: es una cuestión de punto de vista. Estrictamente
hablando, una lectura intersubjetiva simétrica sólo es posible cuando
los coordinadores están fuera del acontecer grupal, y en cierta medida
sólo puede efectuarse con la ayuda de un observador externo; por
ejemplo, un supervisor. A su vez, desde dentro, en la situación
grupal, lo que predomina es la asimetría, porque hay un contrato y un
encuadre que discriminan estructuralmente los lugares desde los cuales
coordinación y grupo experiencian y observan el acontecer grupal, y
participan en él.
Esta cuestión también es importante debido a que, sobre todo en grupos
de profesionales con formación psicoanalítica, no es poco frecuente
que algún miembro pretenda interpretar las intervenciones de los
coordinadores.
Según mi experiencia, este portavoz puede estar manifestando un
mecanismo de despersonalización; no sólo en el sentido de que pretende
usurpar el lugar del coordinador y/o observador, sino más bien en el
sentido de que se posiciona defensivamente en un (no)lugar externo al
acontecer grupal. Ante las ansiedades implicadas en ser miembro del
grupo (único lugar desde el cual puede aprender y pensar), intenta
posicionarse en el lugar de supervisor de la relación
grupo-tarea-coordinación.
Desde luego, el contenido semántico de estas "interpretaciones" hechas
por el portavoz pueden ser válidas; pero antes de validarlas, a la
coordinación le corresponde "poner al portavoz en su sitio", copensar
con el grupo acerca de los mecanismos grupales que condujeron a esta
situación.
Es importante discriminar entre ámbito de análisis e intervención. El
hecho de que reconozcamos la implicación de los coordinadores no
significa que siempre sea conveniente explicitar este reconocimiento.
Incluso conviene tener en cuenta la tendencia inevitable a disociar
entre discurso verbal y significaciones interactivas (Stern, 1985), lo
cual puede hacer que el primero (la explicitación verbal ante el
grupo) opere a modo de un sí-mismo falso (demagógico, como si), a la
vez que en el ámbito interactivo no se producen cambios
significativos.
Por lo tanto, creo que lo fundamental son los cambios de actitud de
los coordinadores, siempre que se considere que la actitud vigente
entorpece o bloquea el proceso grupal. El explicitarlo verbalmente, o
no, son decisiones tácticas que deben basarse en el análisis de cada
situación.
Debido a que todo proceso grupal satisfactorio está atravesado por
momentos y niveles de actitudes resistenciales de los coordinadores,
tales "obstáculos" son a la vez parte necesaria e inevitable del
proceso (cf. Moreno, 2000). El grupo avanza gracias y a pesar de sus
coordinadores. Si fuera posible eliminar el "a pesar", posiblemente se
perdería el "gracias".
Todos somos o hemos sido hijos, y hemos salido adelante gracias y a
pesar de las neurosis (o algo más) de nuestros padres. Si bien el "a
pesar" ha dejado heridas y cicatrices, carencias y fragilidades,
también es cierto que nos ha hecho más fuertes, suficientemente aptos
para habitar un mundo que no se caracteriza precisamente por brindar
las mejores condiciones para que uno siga existiendo y aprendiendo.
Resulta evidente, por otra parte, que algunas ideas que he planteado
ya han sido brillantemente desarrolladas por nuestros autores y
maestros grupalistas; pero a veces, decir lo mismo con otras palabras
es lo mismo que decir otra cosa o pensar diferente; o volver a pensar
cuando la terminología a la que nos hemos habituado parece haber
caducado y extinguido su potencia pensante y problematizadora.
Respecto a la terminología, en algunos pasajes quizá he empleado un
lenguaje demasiado extremo a la hora de intentar describir
determinadas vivencias del grupo y de los coordinadores. Por lo
general, la idealización-denigración no se manifiestan con la
intensidad y el talante trágico-imaginario que el lenguaje empleado
refleja; en el sentido de que no se trata, por ejemplo, de las
intensas transferencias y regresiones descritas por Kohut y Winnicott.
En todo caso, en algunos pasajes he intentado hacer un acercamiento
desde un lenguaje que tiene que ver con lo poético, lo cual conlleva
la venia de exagerar; pero también el compromiso de preguntar en
cuáles pasajes la exageración se ha pasado de largo o se ha quedado
corta. Podemos describir a un hombre sentado en una plaza, diciendo
que es un hombre sentado en una plaza; pero el poeta, en parte gracias
a que se permite exagerar, y en parte debido a que no tiene la
pretensión de hacer una descripción correcta ni concreta, puede hacer
una lectura más rica y válida; es decir, intersubjetivamente válida
como forma de comunicación.
A fin de cuentas, la cuestión de las intensidades tiene que ver con
los distintos grupos y momentos grupales, así como con las vivencias
del que los describe.
BIBLIOGRAFIA
Eizirik, C. L. (2002) Entre la objetividad, la subjetividad y la
intersubjetividad. ¿Aún hay lugar para la neutralidad analítica?
"Aperturas Psicoanalíticas, 12" (Revista por Internet:
http://www.aperturas.org/).
Fiorini, H. J. (1993) "Estructuras y abordajes en psicoterapias
psicoanalíticas", Buenos Aires, Nueva Visión.
"Teoría y técnica de psicoterapias", Buenos Aires, Nueva Visión, 2000
(18 ed.)
Freud, S., Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1979.
(1905) "El chiste y su relación con lo inconsciente", VIII.
(1927b) "El humor".
Kohut, H. (1971) "Análisis del self. El tratamiento psicoanalítico de
los trastornos narcisistas de la personalidad"; Buenos Aires,
Amorrortu.
Lyons-Ruth, K. (1999) El inconsciente bipersonal: el diálogo
intersubjetivo, la representación relacional actuada y la emergencia
de nuevas formas de organización relacional. "Aperturas
psicoanalíticas, 4", 2000. (Revista por Internet: www. aperturas.
org).
Moreno, E. (2000) A propósito del concepto de enactment. "Aperturas
psicoanalíticas, 4" (Revista por Internet: http://www.aperturas.org/).
Nasio, J. D. O inconsciente, a transferencia e a interpretação do
psicanalista; referencias desconocidas.
Ogden, T. H. (1989) "La frontera primaria de la humana experiencia",
Madrid, Julian Yebenes, 1992.
Ortiz, E. C. (2002) Las palabras para decirlo. Un enfoque
intersubjetivo de la comunicación en psicoterapia. "Aperturas
Psicoanalíticas, 12" (Revista por Internet:
http://www.aperturas.org/).
Safran, J. D. (2002) Tratamiento psicoanalítico relacional breve.
"Aperturas Psicoanalíticas, 12" (Revista por Internet:
http://www.aperturas.org/).
Stern, D. N. (1985) "El mundo interpersonal del infante", Buenos
Aires, Paidós, 1991.
Stern, D. N. y otros (1998) Mecanismos no interpretativos en terapia
psicoanalítica: el "algo más" que la interpretación, "Libro Anual de
Psicoanálisis", XIV, 2000.
Winnicott, D. W.
(1957) "El niño y el mundo externo", Buenos Aires, Hormé, 1993
(1958) "Escritos de pediatría y psicoanálisis", Barcelona, Laia, 1979.
(1964) "La familia y el desarrollo del individuo", Buenos Aires,Hormé,
1984.
(1965) "El proceso de maduración en el niño", Barcelona, Laia, 1981.
(1971a) "Clínica psicoanalítica infantil", Buenos Aires, Hormé, 1993.
(1971b) "Realidad y Juego", Barcelona, Gedisa, 1992.
(1986) "Conozca a su niño", Buenos Aires, Paidós.
(1987a) "Los bebés y sus madres", Barcelona, Paidós, 1993.
(1987b) "El gesto espontáneo: cartas escogidas", Barcelona, Paidós,
1990.
(1988) "La naturaleza humana", Buenos Aires, Paidós, 1993.
(1989a) "Exploraciones psicoanalíticas", I, Buenos Aires, Paidós,
1991.
(1989b) "Sostén e interpretación", Buenos Aires, Paidós, 1992.
--------------------------------------------------------------------------------
Leonell Dozza es psicólogo. Madrid. Correspondencia: ldozza@bol.com.br
--------------------------------------------------------------------------------
Notas
1. Se ha demostrado que desde el comienzo el bebé es capaz de
discriminar, lo cual no invalida (aunque sí relativiza) el
planteamiento más tradicional acerca de los estados de fusión
primitiva (ver Ogden, 1989, 48ss; Stern, 1985). De hecho, Winnicott
dice que la fusión es un logro del desarrollo, posible en la medida en
que el bebé cuenta con un sí-mismo relativamente integrado que se
fusiona con el sí-mismo de la madre.
2. "Balint (1986) ha sugerido que la técnica kleiniana de la
'interpretación consecuente' representa una actuación
contratransferencial del papel de un objeto interno omnisciente [...];
una forma de defensa contra la ansiedad de no saber [...]; obviamente,
esto sucede tanto si el analista es kleiniano como si no" (Ogden,
1989, 165).
3. Para un análisis del empleo del lenguaje verbal como representante
del falso sí-mismo, ver el interesante trabajo de Stern (1985, sobre
todo las págs. 200ss, 274ss). Por supuesto, el autor también tiene en
cuenta las funciones y efectos estructurantes del lenguaje verbal.
4. El "principio de igualdad narcisista" es un elemento muy potente de
ligación emocional, y por lo tanto de constitución grupal. De hecho,
muchos enamoramientos y amistades empiezan con un "¡ah! a ti también
te gusta..." (lo cual no siempre es explicitado). Luego, no es poco
frecuente que tales parejas y amigos discutan debido a que al otro no
le gusta lo que a uno, o viceversa. En términos crudos (es decir,
primarios) la fórmula sería: "si te gusta lo que a mí me gusta, si
piensas como pienso yo, te gusto y me gustas; de lo contrario, no te
gusto y no me gustas". Todo ello puede estar secundarizado por la
capacidad del individuo para aceptar o por lo menos tolerar las
diferencias, y en el mejor de los casos disfrutar con ellas. Pero
estos atravesamientos secundarios no eliminan lo que es primario y
fundante en el establecimiento del vínculo.
5. Esta noción de un "inconsciente interactivo e intersubjetivo"
aparece reflejada en el planteamiento de Nasio (referencias
desconocidas) según el cual "no hay un inconsciente del analizando y
otro del analista, solamente hay un inconsciente en juego en la
relación psicoanalítica, aquél que se abre en el momento del evento
psíquico", es decir: en el momento de la interacción mutua (cf.
Lyons-Ruth, 1999). Desde esta perspectiva, también hay que incluir a
la coordinación en el concepto de "inconsciente grupal", o de "latente
grupal", si se prefiere.
6. En el proceso terapéutico, Kohut (1971, 134ss) señala que la
idealización del terapeuta por el paciente debe considerarse un signo
de pronóstico favorable, debido a que abre una doble vía de
transformación de la libido narcisista, a saber: la de la
"grandiosidad y el exhibicionismo del self grandioso arcaico en
ambiciones y autoestima realistas", y la transformación de "una imago
parental idealizada en ideales internalizados". El autor también
destaca cómo la interpretación prematura de la idealización puede
bloquear estos procesos estructurantes. Al igual que Winnicott,
considera que la idealización (de los padres, terapeuta) tiene su
importancia en la medida en que brinda la posibilidad de que, en el
ámbito de experiencias reales, el sujeto vaya descubriendo poco a poco
las imperfecciones y defectos del objeto idealizado. Con ello, las
catexias narcisistas puestas en el otro quedan disponibles y son
canalizadas hacia la idealización del superyo, es decir: de los
valores y normas. Ante los fallos significativos en estos procesos,
entre otras cosas el sujeto puede quedarse atrapado en la grandiosidad
y exhibicionismo del self grandioso arcaico, o bien padecer una
extremada dependencia en lo que respecta a recibir aprobación y
reconocimiento desde el exterior.