Recordando a Pichon Riviere
Lic. Gladys Adamson
Conocí a Pichon Rivière en 1967 cuando me inscribí como alumna en su Primera Escuela Privada de Psicología Social.
Fue el docente exclusivo de ese primer año multitudinario en plena dictadura de Onganía. Hacia dos años que yo cursaba la Carrera de Psicología en Filosofía y Letras de la UBA y luego de “la noche de los bastones largos” todos los profesores habían renunciado y la Universidad había quedado vacía.
Mi profesor José Bleger ya no estaba, pero descubrí que era docente de la Escuela de Pichon Rivière y allí fui tras sus huellas. Encontré más de lo que esperaba ya que E. Pichon Rivière era su maestro.
En ese primer año me deslumbraron su posibilidad de articular conceptos teóricos de compleja abstracción con hechos de la vida cotidiana, la autonomía que otorgaba a cada uno en el proceso de formación a través de la técnica del Grupo Operativo, la libertad de palabra -tan escasa en esos momentos-, su afabilidad cuando se lo abordaba incluso en la mesa de un bar, su respuesta siempre dispuesta.
Siendo todavía alumna participé como observadora en un Seminario de psiquiatría que dictó en el Hospicio Borda. Allí me impactó su capacidad de recepcionar serena y afablemente las múltiples demandas de los psicóticos que deambulaban por los pasillos y jardines del Hospicio: “una moneda”, “un cigarrillo”, “papá”, etc. Pichón los dejaba acercarse, los tocaba, les pasaba un brazo sobre los hombros, les palmeaba la cabeza, abrazaba cariñosamente a “Coquito”, un microcéfalo famoso en el Hospicio, y todo espontáneamente sin ningún tipo de aprensión, como cualquiera podría hacerlo con un grupo de jóvenes que se acercara a bromear.
Tenía una extraordinaria capacidad de lectura de lo latente a partir de mínimos indicios. Un verano, en Gesell, fui a visitarlo a la casa donde residía. Bajé de mi auto y me acerqué caminando al porche de la casa donde estaba Pichón sentado en un sillón. Cuando me incliné para besarlo me dijo casi al oído: “a vos te pasó algo bueno”. Me quedé sorprendida, pensando. La noche anterior había conocido a un hombre que me había gustado y que sería luego mi primera pareja después del divorcio.
Tenía una insólita capacidad para metaforizar. Vino a mi casa una primavera y al invitarlo a ver “los malvones que habían florecido en mi balcón” me dijo -“parecés una adolescente a quien le vino la menstruación”-. Creo que su capacidad de comprender a los psicóticos le provenía tanto de su talento como psicoanalista como de su sensibilidad de poeta.
En las Supervisiones de mis pacientes sus preguntas al principio me incomodaban:
En qué barrio vive? ¿Cómo viene vestido? De qué trabajan sus padres? ¿De donde provenían sus abuelos? ¿Tuvo mudanzas, migraciones? Me desconcertaba que se alejara del discurso explícito del paciente. Mas tarde me di cuenta que estaba indagando en el contexto del paciente, el origen familiar de su esquema referencial, aquello que el paciente no podía decir, que estaba más allá de su capacidad de explicitar. Tenía mucho sentido del humor y una disposición lúdica a flor de piel. En una fiesta de cumpleaños (creo que mis 33 años) luego de bailar tangos y chamamés, el disc jockey puso la Marcha de San Lorenzo y Pichon en la pista parodió un desfile militar. La única foto que conservo junto a él fue la de esa fiesta, bailando juntos un tango. No nos preocupábamos por retener los momentos vividos con él a través de fotos. Tal vez como dice Borges de Buenos Aires, “lo juzgábamos tan eterno como el sol y el aire”.