Recuerdos de Pichon
Ps. Sc. Alfredo Moffatt
Yo a Pichón lo conocí en 1967, cuando saqué el libro "Estrategias para sobrevivir en Buenos Aires", aunque ya lo había visto un par de veces, una de ellas cuando le vendí unas fotos del manicomio. Después de dos o tres años comencé a frecuentarlo, más o menos por la misma época que lo conoció Ana Quiroga, cuando había fallecido su segunda mujer, en un accidente en Córdoba. Diría que hubo una simpatía mutua y pasamos diez años muy juntos. Pichón fue mi maestro, mi maestro fuerte, además de Angel Fiasché y Fernando Ulloa (que en algún sentido también eran hijos de Pichón). Pero sobre todo fue de Pichón de quien aprendí, aunque no fue una enseñanza organizada y ordenada, sino indirecta. Siempre me pareció que Pichón era como un maestro Zen, en el sentido que nunca te contestaba directamente las preguntas, sino en forma de clave, de modo tal, de exigirte ser activo para poder entenderlo; te obligaba a conquistar la información. Era un verdadero maestro. Y como tal podía percibir desde más allá de lo razonable, desde los bordes de la razón, que es la forma de poder testimoniar desde fuera del sistema. Con los locos lo que ocurre es que fracasan, pueden percibirlo, pero no pueden testimoniar, porque perdieron el código. Pichón era un loco lúcido, en este sentido, que entra y sale. El problema de salir del sistema es que podés desintegrarte, por eso nadie sale, ya que al salir tenés que negar todos los esquemas con que te estructuraste, con que te comunicás, con que te percibís a vos mismo, con que organizás la temporalidad. Y bueno, Pichón podía salir, testimoniar y volver.
Además Pichón era una persona sumamente culta. En general, la medicina brinda una formación muy biologizada y culturalmente muy pobre, mientras que la psicología parcializa mucho. En cambo Pichón era un gran lector, tenía inquietudes por la filosofía, crítica de arte, pero todo esto en alguien que venía de experiencias muy marginales, de abajo, con lo cual contenía niveles de información muy
excepcionales. Pichón me contaba una vez, que había comprendido plenamente el concepto de angustia de muerte en Heidegger, cuando hizo un grupo de boxeadores, que estaban muchas veces al borde de la muerte.
Pichón era un "arrabalero", alguien con mucha intimidad en el submundo porteño era médico de Discépolo, entre otras cosas, pero al mismo tiempo era un ginebrino, de lengua francesa, con otro montón de afinidades e inclinaciones que le venían por ese lado. No sé, quizás sintetizaría diciendo que era alguien con coraje, pero muy buen tipo. El decía que yo era su hijo putativo, y así estuvimos diez años donde yo iba a la casa, le llevaba fotos, le sacaba fotos a él también. Fue una época de mucho aprendizaje.