Lo legal y lo legítimo desde la Asociación de Psicólogos Sociales de
la República Argentina. Septiembre 2004
Joaquin Pichon Rivière
Presidente APSRA
Charla pronunciada durante el II Congreso Patagónico sobre “Lo legal y
lo legítimo en los discursos y las prácticas”. Trelew 2004
Este texto forma parte de la publicación “Lo legal y lo legítimo”
compilada por Alfredo Grande y Diana Coblier, editado por ediciones
Sapiens en septiembre de 2005.
En un principio fundacional de la formación de psicólogos sociales en
la Argentina, la escuela creada por Pichon Rivière fue concebida para
satisfacer una necesidad operativa del IADES, Instituto Argentino de
Estudios Sociales y poder contar con operadores formados y entrenados
para trabajar en los diferentes ámbitos, vinculados a los proyectos
que diseñaba e instrumentaba el instituto y cuyo abordaje se realizaba
a partir del modelo del ECRO de Pichon.
Esta escuela, llamada originalmente de Psiquiatría Dinámica, se
implementó para dar cuenta de la formación de operadores y fue en un
principio ámbito privilegiado para médicos y psiquiatras y después
ampliado a otras disciplinas, que instrumentándose desde la
orientación de la psicología social, podrían -como agentes de cambio
planificado- volverse modificadoras en sus ámbitos concretos de
inserción.
Como parte de esta estrategia el IADES también creó la Editorial
Escuela, para traducir y editar textos sobre la problemática
específica, debido a la total ausencia de bibliografía en español.
En realidad, Pichon tenía como proyecto poder dotar a las personas, en
sus roles formales, de una capacidad de cambio en su propio ámbito, y
no en un ámbito diferente.
Y esto es un dato fundamental que a veces nos ha generado confusiones
a partir del crecimiento de la escuela original y de la creación de
nuevas escuelas, después de su fallecimiento en 1977.
La “escuela” planteó un cuerpo teórico y práctico, que dio sentido a
un ECRO, pero también un planificado dispositivo formativo, que
incluía desde los conceptos y herramientas del ECRO, hasta pautas para
la supervisión tanto del trabajo grupal como de los de los equipos de
coordinación.
Al establecer las características de cómo debía ser producido el
aprendizaje, sentó un precedente nuevo en lo referido a la educación y
formación, en especial del adulto.
Esta característica, propia del concepto de “enseñaje”, es quizás la
que ha creado dificultades para legalizar y legitimar la formación del
psicólogo social.
Este modelo formativo es incompatible con los modelos tradicionales o
instituidos que están vigentes en todas las universidades y sistemas
educativos.
¿Quiénes y por qué luchan por un reconocimiento que los vuelva
“legales”?
¿Quiénes lo hacen sin pensar que a veces lo legal puede anteponerse a
lo legítimo?
Por un lado tenemos las escuelas de Psicología Social, que en la
medida que la oferta de formación creció, sienten que el reclamo de
los alumnos es el reconocimiento “legal” de la formación que reciben.
Alumnos que ya no buscan esa experiencia original.
Este reconocimiento buscado es del título que proviene de la norma, la
del papel, la que nos da “legalidad” a través de un documento y no de
lo que somos nosotros mismos. El obstáculo no está en el cuerpo
teórico que debe enseñarse, sino en el cómo debe enseñarse.
Muchas universidades me han solicitado a través de los años que creara
la carrera de psicología social o en su defecto el postgrado.
La única condición que siempre pusieron, no fue la de recortar los
contenidos teóricos o la línea de pensamiento, sino adecuarse a la
forma de enseñar de los modelos tradicionales.
Más horas de cátedra, pero no grupos para trabajar y trabajarse.
¿Cuál es el otro lugar para mirar esta problemática?
Si APSRA cree en el rol del psicólogo social pero no totalmente en su
formación profesional, debe encontrar los medios para completar esta
formación y desde la misma asociación, iniciar la lucha de la
idoneidad profesional, único lugar desde donde se puede ser portador
de “legitimidad”.
Aceptemos a los fines metodológicos que existe un antes y un después
de las demandas de un título reconocido. El “antes” nos muestra un
existente de psicólogos sociales, formados con una heterogénea gama de
escuelas. Miles y miles de egresados con variadas formas de enunciar
su título.
¿Cuántas veces hemos hablado entre colegas, de las falencias
formativas y de las pobres exigencias de muchas de estas escuelas?
¿Cuántas veces hemos cuestionado a compañeros promocionados, tanto por
su nivel de aprendizaje como el re trabajo sobre su persona y por
consiguiente de su capacidad de insertarse y ejercer positivamente su
rol de psicólogo social?
Lo hemos hecho año tras año. Y esto va a seguir, con o sin título
oficial.
Hoy a muchos de ellos, si se presentan a asociarse a APSRA, los
asociamos, los reconocemos como psicólogos sociales. ¿O en realidad,
los estamos reconociendo como carenciados de lo mismo que tenemos
nosotros adentro de APSRA?
Por eso estoy convencido que cuando hablamos de “legalizar”, estamos
hablando de dos cosas diferentes.
Planteado como está el tema, para las escuelas la legalización tiene
que ver mucho con la dimensión institucional, con el atravesamiento de
temas económicos, con la adecuación a la demanda de sus alumnos. O por
lo menos con su capacidad operativa de seguir ofreciendo esta
formación. Tiene que ver con seguir o no seguir existiendo con el
mismo modelo planteado en su origen.
En cambio para el psicólogo social que ya se ha formado, la
legalización o su reconocimiento, tiene que ver con su salida laboral,
con su mayor o menor capacidad de trabajar.
Pero, independientemente del título que “lo habilita”, el psicólogo
social, ¿está realmente preparado para operar en el ámbito de sus
incumbencias, está preparado para ser una alternativa que satisface
una demanda laboral que le solicita estar en condiciones para operar y
producir resultados?
Nosotros creemos que el primer paso es también el principal. Es el del
reconocimiento del rol.
El reconocimiento de la acción positiva, el del saber operar, y no del
título.
Esta etapa corresponde al reconocimiento de los resultados sobre las
promesas. Es el terreno de la praxis y no de la especulación teórica y
del ombliguismo que llevó a la creación de más y más escuelas, para
que más y más egresados trabajen en esas escuelas, pues la mayoría no
se siente correctamente instrumentado para trabajar fuera de ellas.
Yo, en lo personal, estoy seguro que ese no era el sueño de Pichon.
Pichon buscaba la formación de operadores y no la de reflexionadores
sistemáticos de la psicología social paralizados ante el trabajo de
campo.
Si no hay operadores, no hay fuerza de cambio.
Estamos convencidos de que APSRA, como parte de una acción más general
y conjunta, puede ser un instrumento para lograr el reconocimiento del
rol, es más, estamos seguros que debe ser APSRA por sobre cualquier
otra instancia legal, institución educativa o gubernamental.
También sabemos que APSRA debe cambiar en forma profunda para poder
implementar y satisfacer esta necesidad.
APSRA es una asociación de profesionales y debe ser fundamentalmente
para los que ya han dejado su condición de estudiantes y desean
ejercer su condición de profesionales.
Un espacio para seguir apropiándose de conocimiento desde otro lugar,
supervisando su trabajo, conceptualizando su experiencia.
Si los egresados de las escuelas no están en condiciones de operar en
sus diferentes ámbitos de inserción, no encuentran espacios para ser
contenidos profesionalmente en su gestión, necesitan ser supervisados
en su tarea, es APSRA la que debe dar cuenta del problema y buscar una
solución.
Si APSRA cree que el rol del psicólogo social es legítimo, debe
encontrar los medios para completar la formación, teórica y práctica y
desde la misma asociación luchar por el reconocimiento de la idoneidad
profesional.
Si no hay idoneidad profesional, no es posible acceder a lo legítimo.
Es la asociación la que tiene que reconocer al psicólogo social para
poder así recomendarlo, defenderlo y pelear por él ante las diferentes
instituciones para mejorar las posibilidades de inserción laboral.
A mi entender APSARA no puede demorar más la emisión de un juicio de
valor sobre la formación del psicólogo social y en especial de sus
asociados.
En la actualidad la asociación reconoce miembros activos, adherentes y
honorarios. Activos son todos los asociados que ya han finalizado sus
estudios y adherentes son los que están estudiando. Pero esto no
solamente no alcanza, sino que no está bien que así sea.
Para que la asociación tenga autoridad técnica para asistir en la
formación y autoridad moral de emitir juicios de valor, necesita
miembros profesionales, didactas, académicos, o como finalmente estos
sean llamados.
Necesita de todos esos colegas, para tener la representatividad que
trasfiera legitimidad a la formación y al rol.
APSRA no debiera abandonar el rol y la función protagónica de ayudar a
finalizar la formación del psicólogo social. La de la instrumentación
o la de la especialización.
Para contar en la asociación, con miembros que sean profesionalmente
idóneos, tiene que crear mecanismos y organismos para que el psicólogo
social pueda supervisar su trabajo. Nutrirse y enriquecerse de la
experiencia de los colegas, acumular praxis, para poder articularla
con la teoría y generar nuevos cuerpos teóricos en base a nuevas
experiencias.
La sistematización de las experiencias es la propuesta concreta que
los psicólogos sociales pueden ofrecerle a la sociedad, ese lugar
donde se registran todas las articulaciones entre sujetos e
instituciones.
Esta base de experiencia es la que nos permitirá ofrecer beneficios en
nuestros contratos laborales.
Al igual que todas las profesiones, la nuestra no escapa a la demanda
de nuestros clientes de querer resultados, sean estos los habitantes
de una villa carenciada que tiene que organizarse para poner agua
corriente o instalar un dispositivo para que puedan operar una
guardería para los hijos de las madres que trabajan, o los de una
empresa, para trabajar como operadores en la problemática que plantea
un cambio organizacional.
Los resultados de todas estas experiencias son los que construyen la
legitimidad de nuestro rol.
Es cierto que una alternativa válida para muchas escuelas fue buscar
la legalización y convertirse en un modelo más del tipo
“universitario” y así someterse a la forma oficial de impartir la
enseñanza. Algunas escuelas hasta han recurrido a llamar el re trabajo
en grupo con otro nombre, para así poder darles a los alumnos más
proceso grupal. Haciendo algo “ilegal” para no perder “lo legítimo”.
Como parte de esta situación también apareció la carrera universitaria
de Psicología Social en instituciones privadas y casi con certeza se
creará en la UBA el postgrado de Psicología Social, allí donde no
existen los grupos ni tampoco Pichon Rivière. Es “lo correcto”, es el
camino de “lo legal”.
Entonces ya tenemos y tendremos más camadas de psicólogos sociales
recibidos, prolijitos, legales, reconocidos, oficiales, etc.
¿Son éstos los psicólogos sociales en los cuáles creemos?
¿Son éstos los que necesitan la comunidad, las organizaciones?
¿Qué es lo que yo creo que sentiría y pensaría Pichon?
Pensaría que lo que no debiera ponerse en juego en la búsqueda de la
legalidad, es la pérdida de estos espacios tan singulares para
reflexión, para pensar y pensarse, que son las escuelas de psicología
social.
Uno de los pocos dispositivos que formalmente o informalmente luchan
contra la estereotipia, contra lo no dialéctico.
Este espacio fue creado para eso, para volver a crear en el individuo
plasticidad, adonde no lo había. Adaptación activa y una capacidad
transformadora, tanto hacia adentro como hacia afuera. Con el otro y
junto al otro.
El psicólogo social es un artesano, su profesión es un oficio que se
hace haciendo, pero artesano y oficio en su más pura acepción, que es
la del aprendizaje en contacto con el saber experto de otro. La forma
en que el saber puede heredarse gracias a la presencia del maestro.
La educación formal es muchas veces onanista. El pensar, el sentir y
el hacer están planteados en la soledad, escindidos, sin posibilidad
de la sinergia que representa la articulación de estos tres registros
frente al objeto de conocimiento que incluye a los vínculos internos y
externos. La forma en que se enseña o enseñaba psicología social en la
Argentina, obligaba al individuo a pasar por estos tres estadios,
integrándolos luego en la tarea.
Pero por otra parte se plantea este problema: ¿Cuántas de las personas
que cursaban las escuelas pensaban trabajar luego como psicólogos
sociales? Una minoría. Pero, por esta minoría, ¿cerraríamos estos
valiosos espacios de reflexión a los otros? ¿Generaríamos condiciones
tales de exigencia que no les fuera atractivo o posible su ingreso? A
estas personas a las que las escuelas daban además, en un contrato
absolutamente no explicitado, continencia, pertenencia y afiliación.
Personas a las que se las exponía a través de una experiencia única y
se las dotaba de una capacidad transformadora que al menos se vuelve
operativa en los núcleos familiares, en las distintas instituciones en
las cuales estas personas se insertan como ciudadanos, y no
necesariamente como psicólogos sociales.
Esta singularidad de las escuelas de psicología social nos crea un
dilema, que los psicólogos sociales en APSRA tendremos que convertir
en problema para luego, encontrar una solución.
Creo que en muy breve plazo, escuelas y APSRA, tendrían que consensuar
aspectos importantes de la formación. Tanto escuelas como APSRA
deberían utilizar criterios objetivos de evaluación y supervisión en
todas las dimensiones que atraviesan las instituciones y sus
protagonistas.
Deberíamos abrirnos a todos los autores y corrientes del pensamiento
siempre que conservemos algo de “lo argentino”, de esta enseñanza de
la psicología social, como es el dispositivo educativo de los grupos
operativos y la circulación del conocimiento, sin rigidizar el lugar
del saber, que todos sabemos y no decimos, tiene que ver con el lugar
del poder.
En lo personal, me gustaría que en este proceso de apertura no se
perdiera a Pichon, es más, podríamos volver a sus orígenes, para poder
alinear a los nuevos autores, acontecimientos y paradigmas para
actualizar el “concepto” que corresponde al modelo del ECRO.
Pero me preocuparía mucho que nos cerráramos en Pichon, congelando
tanto sus ideas como su actitud ante la vida. Justamente no hacerlo,
es un homenaje a su pensamiento.
También creo que en APSRA tenemos que asumir, sin ningún tipo de
prejuicio el protagonismo que implica poder cumplimentar con las
escuelas la formación del psicólogo social.
Creo que podemos consensuar con las Escuelas un puente entre la
formación de ellas y la finalización de la formación necesaria para
que seamos y tengamos profesionales idóneos.
De esta manera, al estar APSRA presente en la formación y en especial,
en la última etapa de la misma, podrá como asociación profesional,
avalar a estos profesionales, que están formados en base a parámetros
acordados previamente, de calidad, de ética y de idoneidad.
No todas las escuelas están en condiciones de otorgar una formación
idónea. Debieran ser consideradas solamente aquellas que puedan
garantizar ese nivel apto de formación.
APSRA también debe producir importantes cambios institucionales para
garantizar su nuevo rol y adaptarse activamente a este nuevo
escenario.
En conjunto se podrá orientar la especialización en determinadas
tareas y áreas de trabajo, que tienen demanda laboral insatisfecha.
También, desde un nuevo posicionamiento institucional, al garantizar
idoneidad profesional, podrá despertar la demanda de psicólogos
sociales en muchas organizaciones, instituciones y comunidades que los
necesitan.
Para evitar así, que lo legal sea un obstáculo para que los problemas
no encuentren la potencia transformadora de lo legítimo.
Muchas gracias por su atención.