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RESCATE DE UNA EXPERIENCIA PIONERA EN SALUD MENTAL
En
la Sala 18 del Hospital Pirovano se concretó, a partir de 1969, una
experiencia de trabajo en salud mental que implicó "la ruptura de la
hegemonía manicomial". El trabajo fue interrumpido en 1976 por la
dictadura militar.
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Extractado del trabajo "Hospital Pirovano Sala 18. Historia de un
cambio cultural".
En
la Sala 18 del Hospital Ignacio Pirovano, entre 1969 y 1976, bajo la
dirección de Hugo Rosarios, se desarrolló una experiencia pionera.
Hasta entonces, los únicos lugares de formación eran los hospicios,
los hospitales Borda y Moyano, y el estudio se hacía desde la
concepción de enfermedad mental y su asistencia en el medio asilar,
además de estudios de anatomía patológica en busca de correlatos
orgánicos, tomando lo cerebral como psíquico de un modo lineal. La
creación de servicios psiquiátricos en hospitales generales
contribuyó a introducir dos nuevos parámetros: la salud mental y la
prevención. Un elemento chocante para lo instituido era la
deambulación por el hospital por parte de los pacientes internados:
la internación hospitalaria equivale a "estar en la cama"; éste es
el único lugar propio, ese mínimo espacio define el territorio de
los pacientes y el resto les pertenece a otros, a los médicos, las
enfermeras, las mucamas. Pero los pacientes internados en la Sala 18
sólo utilizaban la cama para dormir, como las personas en su propia
casa: caminaban por el hospital, salían a comprar objetos a los
negocios o quioscos del barrio, se sentaban en los bancos del
jardín, recibían las visitas de sus familiares en el bar del
hospital, y así creaban, para los criterios de orden dominantes en
la institución, una sensación de indisciplina o caos.
La
sala de internación psiquiátrica del Pirovano constaba en realidad
de dos salas: un sector masculino y otro femenino, separados por un
salón para usos múltiples: comedor, recreación, terapia ocupacional,
asambleas. El hecho de ser mixta era novedad para un ambiente
hospitalario.
La
disposición que los residentes tenían para escuchar a los pacientes
en cualquier momento del día, era un factor muy importante como
contención de ansiedades psicóticas, y contribuía a evitar el uso de
medicación excesiva. De todos modos, algunos pacientes ambulatorios
eran asistidos con psicofármacos y controlados periódicamente.
A
fines de 1969, bajo un gobierno militar, se recibían las influencias
del Mayo Francés, la guerra de Vietnam, el Cordobazo, el movimiento
hippie. Los profesionales, vestidos a la moda juvenil, sin el
guardapolvo que era símbolo de la actividad médica, ocupando
espacios en los jardines o los bancos de descanso del hospital,
saludándose entre sí con un beso, provocaban asombro y rechazo por
parte del resto de la institución. Esos profesionales provenían de
diferentes instituciones de formación teórica, con profesores de la
institución psicoanalítica o de la docencia universitaria. Poco a
poco, su inclusión en otros servicios del hospital ayudó a entender
los factores emocionales que padecían los pacientes.
Transferir un paciente a la interconsulta con alguien del equipo de
Salud Mental, o internarlo desde la guardia de urgencia del
hospital, había sido muchas veces una manera de silenciar alguna
demanda para la cual no existía respuesta por parte del médico. El
punto difícil era evitar la determinación institucional de actuar
sólo sobre el organismo, sin reducir al paciente a un objeto de
investigación, sino permitiendo que el profesional se situara como
destinatario de una palabra del sujeto.
Los
profesionales de la Sala 18 comenzaron a colaborar con los servicios
de obstetricia, ginecología, cirugía infantil y pediatría, y ello
permitió una profunda modificación de la actitud médica sobre los
pacientes. Por ejemplo, familias con niños que, a causa de
malformaciones teratológicas, requerían largos procesos quirúrgicos,
eran agrupadas para ayudarlas a elaborar sentimientos culposos, de
rechazo y de fealdad interior. Mujeres sin experiencia en el
embarazo y parto eran acompañadas por los profesionales de la Sala
18 en el desarrollo de nuevas sensaciones frente a la maternidad
presente. Mujeres que, llegada la menopausia, sufrían perturbaciones
emocionales, eran auxiliadas en la comprensión de sus síntomas: se
lograban cambios, tanto en las pacientes como de los otros
profesionales que las trataban. Se propiciaba la internación de
niños acompañados por sus madres y se formaban grupos paralelos, con
pediatras y enfermeras, para un abordaje menos traumático de las
prácticas asistenciales.
La
difusión del discurso psicológico en la institución produjo impacto
en el resto de los pacientes que consultaban en el hospital.
También, la inclusión de este discurso en los medios de comunicación
masiva, que se iba produciendo en esa época, colaboró con los
cambios en el imaginario popular sobre la locura y sus posibles
tratamientos en estos nuevos ambientes. Ya no era solamente el
fármaco sino también la palabra.
Para
cada área, hubo que hacer docencia y adaptación. No existían
enfermeras ni mucamas con experiencia o conocimiento de la atención
de pacientes con esas características. En el marco de la
interdisciplina que caracterizaba al servicio, se fueron agregando
profesionales: terapistas ocupacionales, asistentes sociales,
psicopedagogos. Era una avalancha de personas muy jóvenes.
Las
profesionales del servicio social que ingresaron en la Sala 18
venían de ser "auxiliares de los médicos". Las teorías del caso
social individual, del servicio social de grupo o de la comunidad,
sirvieron como ejes de una práctica distinta, a partir del
intercambio. Y la presencia de la asistente social, extendida a
distintos espacios del hospital, ayudó a los profesionales de los
demás servicios a aceptar la locura. Las asistentes sociales se
hallaban incluidas en los equipos de admisión, de consultorio
externo y de internación.
La
creación de servicios de psicopatología y salud mental en Buenos
Aires, a fines de la década del '60, expresó la asunción de las
indicaciones de los organismos internacionales de salud, que
propiciaban la desmanicomialización y el ofrecimiento de asistencia
en espacios no cerrados. Ese cambio se vinculaba con la ruptura de
la hegemonía manicomial y la inclusión de otros saberes en la
práctica asistencial. El proyecto fue interrumpido en 1976 por la
dictadura militar. Hoy, cuando se han agudizado las dinámicas de
integración pero también las de exclusión social, es imprescindible
pensar cómo se abordaba, ya entonces, la salud mental.
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